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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 12 de abril de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 8

La Confederación de Príncipes Comerciantes. Tarkal.
El grupo no tardó en llegar a Phazannâth y al balandro que ya conocían bien, el Raudo, partiendo sin dilación hacia el sur. Los primeros días la travesía fue tranquila, con el tiempo respetando el viaje del grupo. Los primeros problemas aparecieron cuando el capitán Yozâr condujo al Raudo a través del estrecho Dorol, el primero de los estrechos que separaban el continente de Aredia de la enorme isla Targos. Las corrientes en los estrechos eran fuertes y provocaban olas que hacían que muchos barcos poco preparados se estrellaran contra los arrecifes.

Tras algunas dificultades consiguieron atravesar el estrecho y entrar al Mar Abismal. El capitán les informó que la parte meridional del mar era muy peligrosa, donde monstruos y tormentas acechaban por igual. Así que navegaron sin perder de vista el continente, lo más al norte posible.

Poco antes de llegar al segundo estrecho, el estrecho Varol, avistaron la Región Varlagh, donde habitaban hombres y mujeres de piel oscura. Con ayuda de la lente de Yuria pudieron avistar un delta en la desembocadura de un ancho río, y lo que vieron les dejó helados: media docena de enormes dromones se encontraban atracados en el delta, sin estandartes visibles. El capitán Yozâr mostró su asombro ante tal hecho: era imposible que aquellos barcos fueran obra de los varlagh, debían de proceder de alguna otra región de Aredia. El grupo prefirió no tentar a la suerte, y aunque Yuria insistió en acercarse un poco más para ver qué podían averiguar, prefirieron alejarse rápidamente.


El estrecho Varol también supuso una dificultad añadida, pero la pericia de la tripulación unida a la calidad del barco permitió que no tuvieran mayores problemas y continuaran viaje sin más dilación.

El siguiente hecho relevante tuvo lugar cuando navegaban entre la isla Akkra y el continente. Cerca de la desembocadura del río Odaragh, en dos promontrios que formaban un estrecho, pudieron avistar dos torres en construcción. El capitán les informó de que aquello era nuevo para él, así que decidieron dar la vuelta y rodear la isla Akkra por el sur. Demasiado movimiento y sofisticación en aquellas aguas de gente presuntamente primitiva. Y aún no había acabado, porque cuando ya habían dejado atrás la isla Akkra, pudieron ver a través de la lente dos barcos hacia el norte, enormes, quizá incluso galeones, y totalmente negros, que todos prefirieron esquivar.

Mientras rodeaban el Brazo Sur de Aredia, dos puertos llamaron su atención, uno en las Junglas de Gerrivar y otro prácticamente en el extremo suroeste del continente. Estos sí que eran conocidos por varios miembros de la tripulación: enclaves de la Confederación de Príncipes Comerciantes, centros de abastecimiento y comercio.

 Pocos días después llegaban al espacio marítimo de la Confederación. El tráfico naval civil era intensísimo, sobre todo cuando entraron a través del primer control situado en un estrecho al mar Faistos y al Golfo de Eskatha. Dos controles más los detuvieron (el balandro era, al fin y al cabo, un barco de guerra) y tuvieron que recurrir a la picaresca: afirmaron que venían en misión oficial del Pacto de los Seis, y las cartas lacradas por el capitán Phâlzigar ayudaron a mantener la mascarada. Finalmente, después de registrar el barco en busca de mercancías ilegales, les permitieron el acceso a Eskatha (la capital de facto de la Confederación) y a remontar el Río Malvor. Eskatha les fascinó; en sus calles se podían ver gentes de toda raza y condición, y la mayoría de los edificios visibles tenían algún adorno dorado que convertía la ciudad en una visión inspiradora. Vieron iglesias, mezquitas, templos, y en general cualquier edificio sagrado de cualquier religión. Eskatha parecía una ciudad de libertad. La única nota chirriante fueron la cantidad de gente ataviada con ropas blancas sin adornos; a todas luces se trataba de esclavos; Galad, Daradoth y Symeon miraron con reprobación cómo se comportaban los ricos comerciantes con los de túnicas blancas.

Remontando ríos y canales, consiguieron llegar a un pequeño puerto al sur de Tarkal donde tuvieron que dejar atracado el Raudo, que quedaría vigilado por la tripulación. El grupo, el general Theodor y los hombres de confianza de este (excepto el adastrita Deir'a'Dekkan, que quedaría encargado de defender el barco) se encaminaron hacia el norte por uno de los muchos caminos que atravesaban el principado. Lo primero que les llamó la atención en el pueblo donde amarraron fue un bando clavado en el tablón correspondiente escrito en el idioma Demhano nativo, pero con multitud de palabras en ercestre. Todas las palabras de este idioma eran nombres de estructuras administrativas y cargos de la burocracia del Reino de Ercestria, y no les hizo falta mucho para deducir que lady Ilaith estaba de algún modo copiando las divisiones administrativas y los cuerpos de funcionarios y jueces de Ercestria.

Les llevó tres días llegar a la capital que se llamaba igual que el Principado, Tarkal. Lo primero que vieron a pocos kilómetros de la urbe fue un campamento militar con el estandarte de las Aves de Presa adastritas; habían corrido rumores durante los últimos años de que en Adastra había problemas y que incluso había estallado una guerra civil, y que una parte de las Aves de Presa se habían establecido como un cuerpo mercenario; parecía que los rumores tenían fundamento. Pudieron ver también un heraldo clavando otro bando en un tablón; el bando volvía a tener muchas palabras originales ercestres, e incluso el heraldo tenía la palabra "heraldo" bordada en ercestre. Todos los bandos se referían a la reestructuración de los cuerpos de seguridad y el establecimiento de un cuerpo de jueces para el que se convocaba a los candidatos a un examen.

Cerca de la capital se levantaban cuatro campamentos más de tropas. Uno de mercenarios y los otros tres de regulares, algo fuera de lo común en la Confederación, que siempre se había distinguido por un uso extensivo de las tropas a sueldo. Tarkal resultó ser una ciudad moderna y rica, con una gran colina que la dominaba y que se encontraba despejada en su mayor parte; sobre ella, la fortaleza de lady Ilaith se alzaba magnífica, rodeada de tres recios bastiones.

Tras alojarse en una posada al sur de la ciudad, se dedicaron a su reconocimiento. Una sonrisa acudió a sus rostros cuando vieron que el circo de Meravor se encontraba acampado en el interior del primer muro de la fortaleza de Ilaith. Mientras el resto descansaba, Symeon se acercó discretamente al circo (el primer bastión tenía las puertas abiertas, no así el segundo y el tercero) y pronto se encontaba abrazando a Serena, la joven muchacha errante que ya había conocido en el Imperio Vestalense. Serena le informó de que todos estaban bien y del largo viaje que habián hecho con lady Ilaith hasta Tarkal a través de Sermia. También aseguró que el grupo podía seguir contando con la ayuda de Meravor, si la deseaban. Pero lo que casi hace que los ojos de Symeon se salieran de sus órbitas fue que Serena le aseguró que lady Ilaith había conseguido de alguna forma (seguramente con sobornos) algunos de los artefactos que se guardaban en las cámaras más profundas de los Santuarios de Creä. El errante estuvo tentado de entrar él solo en la fortaleza en busca de los objetos, pero se contuvo y volvió con el grupo.

Mientras tanto, Theodor, Yuria y Daradoth habían estado hablando sobre su curso de acción. Según el general, lady Ilaith parecía admirar de alguna manera la organización y la estructura ercestre, y si eso era así, quizá podrían entrevistarse con ella y negociar ofreciendo una alianza con Ercestria. Galad, por su parte, volvió de realizar una ronda de reconocimiento por los campamentos militares de alrededor de la ciudad y se encontró con sorpresa con que una docena de enanos estaba bebiendo en la taberna de la posada. Curioso, se quedó a tomar una cerveza y trabó contacto con un desconocido, a todas luces comerciante, que resultó ser un vestalense lleno de prejuicios. No le gustaban los enanos, que llamó "engendros", ni los homosexuales, que en Tarkal estaban absolutamente tolerados, ni la gente de otras razas o las mujeres con poder; Galad se sintió tentado de clavar su puño en el rostro del hombre, pero prefirió despedirse con un gruñido.

Ya reunidos, Symeon y Galad compartieron con el resto del grupo un descubrimiento sorprendente que habían hecho. Cerca de la fortaleza de la colina, en una casa solariega, parecía encontrarse la Sede de los Paladines de Osara (en realidad otro nombre para la avatar Ammarië) , compuestos en casi cuatro quintas partes por mujeres. Todos se miraron; si aquello era verdad, lady Ilaith se estaba rodeando de gente realmente poderosa.

Por la noche, Daradoth y Galad se acercaron a la sede de los Paladines de Ammarië. La colina se encontraba iluminada por unas almenaras que brillaban en el segundo muro que protegía la fortaleza; para ambos fue evidente que aquellos fuegos brillantes no eran producto de una combustión natural, sino de la magia; Tarkal seguía siendo una caja de sorpresas; pero si lady Ilaith tenía enanos trabajando para ella, seguramente habrían creado artefactos escupefuego parecidos al que habían regalado a Yuria en vestalia. La sede de los paladines estaba protegida por un alto muro y tres vigías, así que decidieron no arriesgarse más.

Symeon intentó acercarse a la fortaleza a través del Mundo Onírico. No le costó entrar y localizar el palacio, pero en cuanto avanzó hacia él, este comenzó a adquirir un tono verdoso parecido al que casi había acabado con él en Rheynald. Los ligeros pinchazos que empezó a sentir por todo su cuerpo le convencieron de que no debía acercarse más, y salió a la vigilia.

El día siguiente, Galad y Yuria hicieron una ronda por los campamentos militares y se acercaron a la sede de los paladines. A los pocos minutos se encontraban con una de ellos que hablaba estigio y les ofreció pasar. El collar de Yuria palpitó cuando rechazó la influencia que la paladín parecía ejercer sobre ellos sin darse cuenta mientras les hablaba de la conveniencia de entrar al "culto a Osara" y cómo eso les salvaría en el más allá. Vieron también cómo se estaban entrenando varios centenares de nuevos reclutas que formarían el cuerpo de choque laico de la orden. Tras pasar una media hora hablando e inspeccionando el lugar, los paladines parecían ser unos fieles servidores de la Luz, no hubo ningún hecho que pareciera fuera de lugar.

Symeon, por su parte, volvió al circo para encontrarse con Meravor. Este se alegró mucho de ver al errante, y le dio un sincero abrazo. Tras ponerse al día de sus respectivas historias, Meravor compartió con Symeon su opinión sobre lady Ilaith; según sus palabras, le parecía una gobernante extremadamente capaz y a la que valía la pena seguir; hacía mucho tiempo que la gente del circo no había estado tan a gusto y a salvo. También confirmó la información que había transmitido Serena: Ilaith había conseguido "rescatar" dos artefactos de Creä: la Espada Alada (Églaras) y la Espada Verdemar (Nirintalath, la Espada del Dolor). Symeon se despidió, acordando previamente una reunión por la noche entre Meravor y el resto del grupo, y pensando sin cesar en los poderosos objetos que se encontraban en el interior de la fortaleza.

Por otro lado, Theodor pidió a Daradoth que se infiltrara de alguna manera en la fortaleza e intentara averiguar si los científicos ercestres y su propio hijo se encontraban allí. Le dio descripciones detalladas de los tres. El joven elfo utilizó sus extraordinarias habilidades sobrenaturales para infiltrarse esa misma noche en el segundo bastión, y allí vio cenando y departiendo con algunos soldados a uno de los científicos que le había descrito el general Gerias. Pocos minutos después, el ercestre acababa de cenar y se adentraba en el tercer bastión, al que Daradoth prefirió no aventurarse.


jueves, 29 de marzo de 2018

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 37

De nuevo en París. Jodorowsky.
Sobreponiéndose a sus dudas existenciales, Tomaso tomó la mano que le ofrecía Sally y juntos se dirigieron a reunirse con el resto del grupo. 

Laurent y Stephanie Favre
En la conversación que tuvo lugar en los siguientes minutos, discutieron sobre la información proporcionada por Laurent Favre y la conveniencia de aliarse con los Adeptos de Saint Germain sin perjudicar por ello sus opciones de acudir a Lisboa con Dulce da Silva. De todas maneras la situación de Sigrid, empeoraba por momentos y no podrían hacer nada hasta que llegaran a París Lebeau y Jodorowsky. De hecho, durante la conversación, la anticuaria sufrió una recaída y varias palabras Alter salieron de su boca, ante la sorpresa y el horror de todos los presentes; Esther se la llevó rápidamente para centrar de nuevo su atención en la lectura de sus libros, que tenía que leer cada vez en voz más alta.

Un exabrupto de Robert llamó después la atención de todos. Su rostro estaba descompuesto. Con un ligero hilillo de voz, preguntó si el resto del grupo podía acceder a sus cuentas. Todos se apresuraron a comprobar sus accesos, y para su frustración, todas las cuentas con un montante de dinero considerable habían sido bloqueadas. Robert se derrumbó presa de su peor pesadilla, que era saberse arruinado; en realidad las cuentas no habían sido requisadas o desviadas, solo bloqueadas, pero para él era más o menos lo mismo; tras sentir una debacle en su interior, se acercó a la ventana e intentó romper el cristal. Derek se encargó de reducirlo y tranquilizarlo; esa noche Patrick dormiría con Robert, ayudándolo a superar el episodio suicida entre tragos de whisky y ginebra y la embriaguez consiguiente. 

Cuando hicieron recuento de su capital disponible, este ascendía al exiguo montante de las cuentas de Patrick y Derek (la CCSA podría ayudarles, pero su capital era público), ciento veinte mil dólares que Sigrid había podido disponer y otros 11000 de Tomaso. A todas luces insuficiente para mantener su ritmo de desplazamientos y alojamientos de las últimas semanas, confiaron en que Anne Rush y los Hijos de St. Germain les ofrecieran algo de ayuda.

El día siguiente acudieron a la dirección que les había proporcionado Anne Rush. Se trataba de un edificio de oficinas en una especie de polígono abandonado en uno de los pueblos aledaños a París. Allí les recibieron Anne, Gerard y Laurent, dándoles la bienvenida. Cuando informaron a la británica de sus dificultades económicas, esta los invitó a trasladarse allí, y así lo hicieron rápidamente. Aproximadamente una docena de Hijos de St. Germain se encontraba en el edificio en aquellos momentos, un edificio bastante bien acondicionado, en contraste con el exterior, intencionadamente desgastado. Pocas horas después recibieron el aviso de Morceau: Rémy Lebeau había llegado a París. Así que, acompañados de Anne, acudieron rápidamente a la consulta y allí Sigrid fue sedada casi de inmediato, pues apenas podía contener el lenguaje que hervía en su interior. 

Tras discutir el mejor curso de acción y que Anne les informara de que Jodorowsky no llegaría hasta dentro de tres o cuatro días desde Polonia, decidieron que esperarían al maestro de los psicomagos para asegurar una recuperación. Anne trabó contacto con Morceau y Lebeau, y parece que logró un acercamiento de los dos a su hermandad. Jodorowsky ya era un Hijo de St. Germain, así que tenía mucho ganado de cara a convencerlos.

Pasaron cinco días durante los que se fueron congregando más Hijos de St. Germain en el complejo, y por fin Jodorowsky llegó a Paris. Lo organizaron todo para realizar el tratamiento en el complejo, donde Lebeau y Morceau ya eran habituales a esas alturas. Tras las presentaciones y los reencuentros, los psiquiatras y psicólogos, incluyendo a Patrick, se reunieron para decidir el mejor curso de acción. Jodorowsky, con la asesoría de los demás, creó un conjunto de símbolos y palabras que utilizaría en su tratamiento.

El tratamiento fue duro y se prolongó a lo largo de tres días. Se pegaron electrodos al cuerpo de Sigrid y Patrick sería el encargado de activar las descargas si la noruega comenzaba a hablar en aquella lengua extraña. En dos ocasiones estuvieron a punto de caer bajo el influjo de la Lengua Alter, pero el tercer día Jodorowsky consiguió crear un conjunto de símbolos y palabras que dieron en la diana totalmente; redujo la Lengua Alter a un rincón de la mente de Sigrid, y la indujo a luchar contra ella. Sigrid se vio a sí misma en un espacio blanco e infinito, perseguida por algo que siempre se encontraba al límite de su visión, que nunca conseguía enfocar. Corrió durante años, durante siglos, durante milenios, y no había manera de dejar atrás a lo que quisiera que fuera aquello. Pero finalmente, tras incontables carreras y saltos, su perseguidor desapareció, y ella se derrumbó, agotada. Cayó entonces en un profundo sueño mientras Morceau y Lebeau enronquecían repitiendo sus letanías en los oídos de la mujer y Jodorowsky se derrumbaba agotado en una silla. Cuando Sigrid despertó un tiempo después, todo rastro de la Lengua Alter se había borrado de su mente por fin. Agradeció a todos su ayuda, y por fin fue presentada a todo el mundo y conoció el complejo al que todavía no había podido prestar atención.

En el ínterin, Derek recibió una llamada privada a su teléfono: se trataba de Dulce da Silva, que le informó de que ya le habían dado el alta. El americano se extrañó, porque solo había pasado la mitad del tiempo que los doctores habían considerado necesario, pero Dulce simplemente dijo que "había tenido algo de ayuda". La portuguesa se mostró muy comprensiva con Derek, y le concedió el tiempo que necesitara en París; quedaron en que se verían en un plazo razonable en cierto hotel de Lisboa y se despidieron con palabras amables. Derek se moría de ganas de viajar a Lisboa y conocer algo más sobre sus orígenes, pero el momento tendría que esperar.

Al menos una treintena de Hijos de St. Germain se encontraba ya en el complejo cuando se celebró la reunión de bienvenida para el grupo. Una reunión informal, con la gente repartida entre sillas y sofás, con un catering que se reveló muy necesario pues la reunión se prolongó durante varias horas. El grupo al completo entró a la reunión, incluyendo a Jonathan, a Robert, a Francis, a Sally y a Esther, a pesar de los muchos esfuerzos que hizo Sigrid para que esta última no entrara a la reunión y se marchara a Madrid lejos de aquel mundo.

Lo primero que hizo Anne fue agradecer al grupo su ayuda al haberles entregado el libro De Occultis Spherae, que podría salvar a St. Germain de algún destino fatal y con él a toda la realidad. El agradecimiento levantó aplausos de todos los presentes, que arrobaron un poco a Sigrid y los demás. Esther lanzó a su madre una mirada apreciativa. Según las palabras de Anne, el libro se encontraba en aquel momento a salvo en Polonia y pronto llegaría a manos de St. Germain.

A continuación les explicó la estructura de la cábala: Anne era la que conocía a todos los Hijos de St. Germain de Gran Bretaña y Francia, donde eran más fuertes, y actuaba como su cabecilla; el resto de Hijos conocían a pocos de los demás entre sí por cuestiones de seguridad, y se estructuraban en "comandos".

A continuación siguió la charla metafísica. Anne y los gemelos Favre explicaron muchas cosas referentes a los Arquetipos, el Clero Invisible, la Estadosfera, los Avatares, los Dioserrantes, los Adeptos, la Magia Posmoderna y las cábalas más importantes[1]. El grupo escuchó las explicaciones con atención y sorpresa creciente; ¡una de las cadenas de hamburgueserías más importantes de Estados Unidos era una de las cábalas más poderosas del submundo ocultista! Sally se preocupó cuando, durante el transcurso de la charla, se giró hacia Tomaso y vio el rostro atormentado del italiano surcado de lágrimas; Tomaso estaba viendo sus creencias trastocadas, y la tensión mental era mucha para él; no hizo ningún drama, pero no pudo reprimir las lágrimas; Sally apretó su mano en silencio, y eso le reconfortó. Anne también les habló de lo peligroso que era "despertar al Tigre" (en referencia al público no ocultista), y de cómo los Durmientes, otra organización, se había encargado de todos aquellos que no tenían el suficiente cuidado de permanecer en un discreto segundo plano; cuando describió su gesto característico, un dedo en los labios y la pronunciación de "ssssh", Patrick lo relacionó con la desaparición de sus hermanos y comprendió al fin que debían de haber estado metidos en asuntos ocultistas. Cuando el Tigre despertaba, se producían grandes tumultos que generalmente acababan desastrosamente para los adeptos ocultistas; les mencionó los disturbios de San Francisco a mediados de los 90, por ejemplo, y eso les recordó los informes que les había enviado Omega Prime en su momento sobre el padre Jan Borkowsky y la mención de alguien llamado "El Freak". Anne les explicó que, efectivamente, El Freak era uno de los dioserrantes más poderosos y que era un avatar del arquetipo llamado "Hermafrodita Místico"; sus poderes eran un misterio, pero había demostrado tener un repertorio muy amplio.

La labor más importante del grupo en adelante sería encargarse de los Avatares y los Dioserrantes que pudieran poner en peligro el futuro metafísico del Universo, y para ello serían adiestrados durante una semana, en la que aprenderían a reconocer sus posibles efectos y poderes; además, también serían capaces de reconocer inclinaciones de la Estadosfera, y aprenderían algunos rituales de utilidad.

Todos se miraron entre sí; Anne había cumplido su palabra y por fin habían recibido la información que necesitaban sobre cómo funcionaban las cosas en el submundo ocultista; veían ahora más clara que nunca la necesidad de buscar aliados, y estos parecían los mejores de los que podrían disponer. Sin embargo, Derek no se encontraba del todo cómodo debido a las revelaciones tanto del padre Dautry en Narbonne como de Laurent Favre en París (todo aquello de los actos deleznables en pro de un bien mayor le olía a podrido), y comenzó a madurar en su mente un plan para que el grupo pudiera instaurar su propia cábala algún día. Pero de momento, los Hijos de St. Germain parecían unos buenos aliados, y teniendo muy presentes las palabras del congresista Ackerman, Derek decidió compartir con ellos todos los hechos extraños que estaban sucediendo en el gobierno de los EEUU. Incluso les enseñó el vídeo que por orden de Ackerman había sido grabado en los aseos del Congreso, donde se veía a uno de los miembros relizar reparaciones en su miembro artificial. La conversación entonces derivó hacia los autómatas, hacia Tina Lovac (la mujer artificial que les había atacado en el museo d'Orsay) y los mecanomantes, que eran capaces de crear aquellas maravillas; Patrick rebulló incómodo, pero pudo contener su miedo irracional hacia las inteligencias artificiales. Anne prometió que harían lo que pudieran con el problema del congresista.

A continuación, la anciana pasó a exponer los planes del futuro inmediato. Había aprovechado para reunir a todos los presentes con el fin de exponerles la situación a la que se enfrentaban. Situación que en realidad, el grupo ya conocía. Al parecer, el Círculo Neosuabo (los herederos de la Hermandad de Thule) se encontraba colaborando con los Illuminati en un extraño plan por el que estaban reuniendo a ciertas personas nacidas en una circunstancia muy especial para, en apariencia, utilizarlas en algún tipo de ritual. Los Hijos de St. Germain iban a dedicar todos sus recursos para torcer las intenciones de esas dos cábalas, peligrosas en grado sumo. Sabían que ahora se encontraban buscando en alguna parte de Asia, pero no podían descuidar otras partes del mundo. Francis rebulló incómodo en el asiento y miró a Patrick, que a su vez cruzó su mirada con sus compañeros: quizá aquella era la oportunidad de recuperar a Lupita de una vez por todas, y si de paso frustraban los planes de aquellos malnacidos, mejor que mejor.

Patrick se levantó y carraspeó para aclarar la voz y llamar la atención de los reunidos.



[1]: Para más información, ver el manual básico de Unknown Armies y el libro de referencia Estadosfera.

lunes, 19 de marzo de 2018

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 36

Una Herida inesperada. La Lengua Alter resurge.
Los momentos de relax no duraron mucho, por desgracia. Pronto avistaron la silueta del helicóptero de UNSUP que los había hostigado en la central en el cielo nublado, y tuvieron que aumentar la velocidad sobre el asfalto helado. Las balas comenzaron a levantar salpicaduras de hielo a un lado de la furgoneta, y un volantazo de Tomaso los sacó de la carretera a un camino forestal; pero el italiano no pudo evitar la pérdida de adherencia y el vehículo chocó de costado contra un árbol fuera del camino. Afortunadamente habían avanzado lo suficiente para que el bosque los cubriera y nadie sufrió nada más que ligeras contusiones.

Nadie, excepto Dulce da Silva; un par de balas de gran calibre habían atravesado la carrocería del vehículo y una de ellas había alcanzado en el brazo a la portuguesa, provocándole una herida de gravedad considerable; de forma tosca pudieron hacerle un torniquete en el hombro, pero Arjen, uno de sus cuatro hombres, se mostró extremadamente preocupado y expuso la necesidad de ir lo antes posible a un hospital. El grupo tuvo un pequeño encuentro privado y decidieron ayudar a la mujer; no la dejarían morir sin averiguar antes todo lo que pudiera reverlarles.

Afortunadamente había empezado a caer una ligera nevada y el cielo se había encapotado aún más. Volvieron a salir a la carretera, donde no vieron rastro del helicóptero, que imaginaron que debía de haber seguido hacia el norte siguiendo la pista forestal. Después de varias decenas de kilómetros recorridas, Derek observó en una de las curvas de la carretera que quedaban en una cota más baja varios vehículos que se acercaban en dirección contraria; gracias a su aviso, Tomaso pudo apartar la furgoneta lo suficiente para esquivarlos y continuar su camino sin más consecuencias hasta la pequeña ciudad de Fredrikstad, donde Sigrid no tardó en conseguir que admitieran a Dulce en el Hospital Nygaard. Con los hombres de Dulce montando guardia las veinticuatro horas, el resto del grupo se hospedó en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Tomaso se encargó de deshacerse de la furgoneta discretamente, en una de las muchas lagunas de las afueras.

Gerard intentó contactar en varias ocasiones con Anne Rush, sin éxito. Ya en el hotel, el grupo le puso en antecedentes de todo lo que había pasado en Oslo, la ayuda que habían recibido de Dulce y la separación de Anne. El francés anunció que continuaría con ellos mientras no recibiera ninguna respuesta de la anciana, con lo que todos se mostraron de acuerdo. Esa noche, Sally se refugió en Tomaso para superar el horror por el que había pasado la última semana.

La periodista se reunió con ellos al día siguiente durante el desayuno. Había podido leer el correo por primera vez en muchos días, y les enseñó varios correos electrónicos de un tal "Megatron", uno de los hackers de Omega Prime. Los correos adquirían un tono cada vez de más urgencia conforme pasaba el tiempo; empezaban informando de que alguien estaba localizando a los Prime utilizando medios de una tecnología muy avanzada, tanto que no se explicaban cómo podrían haberla desarrollado. Poco después anunciaban que los servidores del grupo se iban a cerrar indefinidamente. En los siguientes correos, los hackers mostraban su estupefacción, porque afirmaban que "nadie puede tener las habilidades con las que nos estamos enfrentando"; a pesar de haber enfriado su rastro y apagado los servidores comprometedores, seguían detectando intrusiones en sus sistemas personales, rastreándolos. Los Omega Prime se consideraban los mejores del mundo, y no se explicaban a qué se estaban enfrentando; Megatron citaba la posibilidad de que sus enemigos estuvieran utilizando algoritmos cuánticos de nueva generación, pero no eran más que suposiciones. Los correos terminaban abruptamente más o menos en la misma fecha en la que el resto del grupo había visto la noticia de la detención de los hackers, y lo siguiente era un SMS que se había enviado a un grupo de gente entre la que se contaba Sally de un tal "Ratchet", que informaba de que la mayoría de los Prime habían sido apresados y los pocos que no entraban en "estado de hibernación". Recomendaban también que todo el mundo borrara toda la información que pudiera tener cualquier tipo de enlace con los Prime, porque serían susceptibles de ser localizados y acusados por aquellos superhackers que los habían localizado.

El día siguiente llegaron al hotel Jonathan y Francis Kittle, procedentes de Estados Unidos. Se saludaron efusivamente con el resto del grupo y fueron informados de los últimos acontecimientos. Kittle había sido adiestrado por los agentes de la CCSA en varias habilidades que podrían ser útiles al grupo; aunque en el pasado había sido un idealista y no creía en las armas, los últimos acontecimientos le habían convencido de que era necesario que lo adiestraran en su uso. Cuando Francis saludó a Esther, la hija de Sigrid y él se quedaron mirándose unos segundos, prendados el uno del otro...

El atardecer del segundo día pudieron hablar con Dulce, ya recuperándose de la operación de su brazo. La portuguesa les agradeció su ayuda y les aseguró que se sentía en deuda con ellos por no haberla abandonado en aquel momento de necesidad. Derek fue quien pasó más tiempo con ella (aparte de sus fieles guardaespaldas, claro), y aprovecharon para conocerse más el uno al otro.

Durante los primeros tres días de estancia en Fredrikstad, Sigrid y Esther dedicaron prácticamente la totalidad de su tiempo a estudiar los escritos del doctor Abornaz Hawk sobre los indios Abenaki y los símbolos que habían visto en la mansión. Pero su investigación las condujo continuamente a callejones sin salida y la joven sugirió que buscaran al compañero del doctor, el tal Pierre Nicolás, para que les diera alguna clave que pudiera poner en orden el extraño alfabeto. Durante la cena, la muchacha también mencionó el hecho de que echaba mucho de menos a sus hermanos, a Eyrik y a Daniel. Algo se removió en la mente de Sigrid. Algo que había podido mantener enterrado hasta entonces en un rincón de su psique, pero que la mención de Daniel despertó bruscamente; para su horror, su mente comenzó a razonar en aquel aberrante idioma, la Lengua Alter. Se giró hacia Esther, gritándole que llamara rápidamente a Patrick para que la ayudara, pero la muchacha la miró confundida, sin entender lo que decía. Esther, presa de un escalofrío, no había oído más que palabras sin sentido salir de la boca de su madre. Pero cuando esta gritó varias veces el nombre de Patrick, consiguió entender lo que quería y corrió para traer al profesor. Con un esfuerzo titánico, Patrick consiguió tranquilizar a Sigrid y a la vez no caer presa del influjo de la Lengua Alter. Cuando el resto del grupo se reunió con ellos, Sigrid estaba concentrada en la lectura de los escritos del doctor Hawk, profundamente concentrada; esa concentración extrema era el único remedio que Patrick había encontrado para que Sigrid dejara de pensar en la Lengua. No obstante, aquello era una solución extremadamente débil y temporal, y deberían recurrir cuanto antes a la ayuda de los psicomagos de los que Rémy Lebescque les había hablado en Canadá.

Derek y Patrick acudieron para informar a Dulce de su urgentísima partida a París para tratar a su amiga y acordaron encontrarse allí si no podían regresar antes. La portuguesa se mostró muy comprensiva, como no podía ser de otra manera después de que aquellos extraños le hubieran salvado la vida, algo a lo que no estaba acostumbrada en el mundo en el que se movía.

Poco antes del viaje a la capital francesa, Gerard informó a Tomaso de que había conseguido contactar por fin con Anne Rush y que la anciana ya se encontraba en Francia, así que los acompañó hasta París y allí se despidió de ellos, prometiendo que contactaría en cuanto tuviera novedades.

Repasando los nombres que Lebescque les había proporcionado en Canadá, dieron con la clínica privada del psicólogo Jean Morceau. Morceau era en teoría uno de los psicomagos compañeros de Lebescque, y el único que habían encontrado localizable, así que organizaron una cita de urgencia con su secretario, alegando que iban recomendados por Rémy. Morceau no tardó en devolverles la llamada y reunirse con ellos, contándoles que había contactado con Rémy y ya le había hablado de lo extraño de su caso. Lebescque, por su parte, reclamaba el pago inmediato de cinco mil dólares si querían que se desplazara hasta París para ayudar; en cuestión de pocos minutos la transferencia del dinero estaba hecha y Lebescque viajaba hacia París, a donde llegaría al día siguiente. Por otra parte, intentarían conseguir la ayuda de algunos otros psicomagos, pero no sabían si sería posible; del maestro Jodorowsky no sabían nada desde hacía meses, y parecía imposible contactar con él.

Pocas horas después, Gerard llamaba al móvil de Tomaso, citándolos en un café a las afueras de la ciudad. Acudieron Derek y Tomaso, que entraron a la cafetería, y Robert y Sally, que permanecieron en los alrededores por si sucedía algún imprevisto. No tuvieron que esperar mucho; al poco rato aparecían por la puerta la propia Anne Rush, Gerard, y los gemelos Laurent y Stephanie Favre; esta última lucía en el rostro todavía las cicatrices de su enfrentamiento con la autómata Tina Lovac y cojeaba ligeramente. Tras tomar asiento, la conversación empezó menos tensa de lo que Derek y Tomaso habían esperado, lo que les permitió relajarse y contarle todo lo sucedido a Anne, asegurándole que no la habían traicionado a pesar de que se habían visto obligados a revelar el paradero del De Occultis y que permanecían todavía fieles a las filas de Saint Germain. Cuando preguntaron por el libro, ella les aseguró que se encontraba a buen recaudo, a la espera de hacérselo llegar al conde. Tomaso también preguntó si Anne había sido responsable de alguna manera de la milagrosa curación que había experimentado tras el accidente que había sufrido mientras vigilaba el Corazón Nocturno en Oslo, y la anciana le aseguró que no había tenido nada que ver con tal asunto; fuera lo que fuera aquello, quedaba más allá de sus habilidades; el italiano rebulló incómodo.

A continuación discutieron sobre el mejor curso de acción a seguir con los atlantes, y Anne les contó lo que sabía sobre la cábala ("cábala" era el nombre que recibían las facciones del submundo ocultista) a la que pertenecía Dulce, la cábala Atlántica. Se consideraban a sí mismos descendientes de atlantes, pero en opinión de Anne, la mayoría no eran más que arribistas megalómanos y depravados. Y no los consideraba ni mucho menos tan peligrosos como otros grupos. Aunque Tomaso reveló que Dulce se mostraba muy interesada en Derek y Patrick por sus capacidades especiales, a Anne seguía extrañándole que los hubieran invitado tan a la ligera a su sede de Lisboa; a nadie le pareció buena idea mencionar el hecho de que Derek parecía ser descendiente directo de atlantes, así que ese dato quedó en un discreto segundo plano. La británica también les aseguró que había llegado el momento de que establecieran una relación de confianza, y les escribió una dirección para que la memorizaran y la destruyeran; el grupo al completo debería acudir allí cuanto antes para conocer algunos entresijos de su organización y aprender más cosas. Le aseguraron que acudirían en cuanto resolvieran el problema que tenían en ese momento entre manos con la Lengua Alter y la mente de Sigrid; Anne se mostró comprensiva y por supuesto les dio margen para que pudieran resolver aquello, y además se ofreció a prestarles ayuda. Cuando el grupo mencionó que les vendría bien localizar a un tal "Alex Jodorowsky", la anciana esbozó una ligera sonrisa. Les reveló que Jodorowsky era un hombre de Saint Germain y no debería haber problema en que les ayudara; les prometió contactar con él tan pronto fuera posible, y que los mantendría informados.

Esa misma tarde,  Tomaso recibía una llamada de número desconocido. Al contestar, alguien habló al otro lado en inglés con fuerte acento francés: Laurent Favre. Este instó a Tomaso a reunirse con él allí mismo, en la cafetería del hotel, donde ya se encontraba esperándolo. Tomaso bajó con todas las precauciones posibles y no tardó en encontrarse con el -en apariencia- joven adepto. Sally se sentó en otra mesa, vigilando la escena.

Tras pedir sendos cafés, Laurent se sinceró con Tomaso sin preámbulos. Estaba cansado de que las cábalas del submundo ocultista arrastraran a buena gente como ellos a una trama de maquinaciones sin fin y los usaran como peones de un juego que nunca alcanzaban a comprender del todo, así que había decidido darles algunos consejos y decirles toda la verdad, hasta donde él la conocía. Advirtió a Tomaso de los peligros del mundo donde se estaban adentrando, donde los enemigos proliferaban y los amigos escaseaban, y también manifestó que, aunque en su opinión, los Adeptos de Saint Germain era la menos mala de todas las cábalas con las que había tenido contacto, ni mucho menos eran unas "hermanitas de la caridad". Saint Germain no era lo que se podía calificar de una... "persona"... o "ser"... "bondadoso". Sus fieles habían realizado actos terribles en su nombre y, por ejemplo, hasta donde Laurent alcanzaba a saber, una orden suya había sido la causante del genocidio de Ruanda entre Hutus y Tutsis. Tomaso asintió, callado y con gesto grave, y le habló de lo que habían descubierto en Narbonne, del diario del padre Dautry, donde se confesaba de las cosas horribles que había tenido que perpetrar en el nombre de "un bien mayor" a las órdenes de Saint Germain. Laurent asintió a su vez, satisfecho de ver que su interlocutor comprendía lo que estaba planteando y parecía aceptarlo. Pero aun así, lo advirtió una vez más: si seguían los preceptos de su cábala, Tomaso y sus compañeros tendrían que enfrentarse a decisiones muy difíciles y moralmente ambiguas o directamente reprobables, pero en teoría siempre serían en pro de un bien superior difícilmente entendible, pues lo que trataban de evitar era una catástrofe a niveles metafísicos más allá de su entendimiento mortal.

Tras una nueva advertencia de lo traicionero que podía ser aquel mundo oculto y la afirmación de Tomaso de estar acostumbrado a moverse en ambientes de esa calaña (haciendo referencia a su implicación con la mafia), Laurent se despidió con un sincero apretón de manos. Tomaso se sumió en unos segundos de introspección: "si el conde Saint Germain es el encargado de velar por el renacimiento del Universo... ¿dónde queda Dios en todo esto?". Prefirió no pensarlo demasiado; se reunió con Sally y salieron de la cafetería.

viernes, 9 de marzo de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 7

La defensa del Valle de Irpah
Durante los días siguientes, las obras para desbordar el cauce del río siguieron progresando. Habían añadido al planteamiento de Yuria la posibilidad de derrumbar uno de los puentes de piedra que atravesaba la corriente al abrigo de la espesura.

Puente sobre el río Harvanth


Transcurridos un par de días desde la llegada del general Imradûn a Irpah, mientras Yuria, Stophan, Taheem y Nârik se encontraban en la obra del dique impartiendo órdenes y controlando su progreso, el trapaleo de cascos de caballos acercándose llamó su atención. Yuria y los demás se ocultaron entre ramas y arbustos, mientras los trabajadores seguían con su labor. Una decena de soldados de Jenmarik se presentaron al otro lado del cauce, con cara de pocos amigos y reclamando hablar con el encargado de aquello. El capataz, uno de los carpinteros de Svelêm orondo y canoso, cruzó al otro lado para hablar con ellos; la conversación se mantuvo en su idioma, el landálico, con lo que el grupo no pudo entender casi nada de lo hablado, pero a los pocos minutos, el capataz daba la orden de parar la obra, dirigiendo miradas significativas hacia donde se encontraba Yuria. Una vez la obra parada y los trabajadores "desalojados", el grupo de soldados partió hacia Jenmarik llevándose consigo al capataz.

Después de un tiempo prudencial optaron por volver a enviar a los grupos de trabajo, pero tuvieron que volver a retirarlos cuando otra patrulla se dirigía hacia el lugar; afortunadamente, Daradoth había acudido a vigilar el entorno y los pudo avisar a tiempo.

A partir de entonces, patrullas acudían a vigilar el entorno del río y concretamente, el punto de la obra, a intervalos más o menos regulares, lo que les imposibilitó avanzar adecuadamente en la construcción del dispositivo. Decidieron cancelar la construcción por el momento, pero Daradoth, Taheem, Symeon, Yuria y Faewald se dedicaron a vigilar atentamente a las patrullas en la zona de la obra. Las patrullas cada vez se componían de menos efectivos y acudían más espaciadamente. Finalmente, mientras se encontraban apostados en los alrededores, tres soldados de Jenmarik guiando un par de mulas se presentaron en el pequeño claro que bordeaba el río. Estos no permanecieron unos pocos minutos como las anteriores patrullas, sino que comenzaron a encender una hoguera y descargar equipo de las alforjas que acarreaban  los animales. Dos soldados más aparecieron pocos minutos después, y a lo lejos, en el bosque, se oía gritar a algún otro.

Decidieron no esperar más y pasar a la acción. Aquellos soldados parecían tener la intención de pasar al menos una jornada allí, con lo que si daban cuenta de ellos rápidamente, podrían tener al menos la noche y la madrugada para avanzar en la obra. Contando entre sus filas con un par de maestros espadachines y avezados guerreros, los soldados no ofrecieron demasiada resistencia; los que no cayeron con el primer ataque de Daradoth y Taheem huyeron al bosque o fueron abatidos por el resto. Durante la persecución a través de la espesura intentando atrapar a los soldados que habían huido, Daradoth se encontró con varias mulas más, abandonadas; él mismo, Taheem y Faewald no tardaron en alcanzar a la mayoría de los enemigos huidos y evitar su regreso a Jenmarik. A pesar de que uno de los soldados tuvo éxito en escapar, finalmente pudieron atraparlo en el linde del bosque y así impedir que ninguno pudiera informar del ataque.

Las mulas acarreaban un montón de redomas de aceite, lo que les indujo a creer que las órdenes de la comitiva eran prender fuego a la obra del dique y destruirla. Así que optaron por encender un fuego controlado a pocos metros del lugar y esperar a ver si alguien reaccionaba en la fortaleza enemiga. Al no haber reacción alguna, pusieron de nuevo a los grupos de trabajadores manos a la obra, apresurándose para acabar al amanecer o poco después.

Ante la urgencia por acabar, el general Gerias tuvo una idea: propuso a Yuria utilizar una parte del aceite rigeriano que ya habían producido para producir una explosión en la ladera que bajaba hacia el río y acelerar así el proceso de derrumbe que podría contribuir a asentar el dique. Por su parte, el capitán Phâlzigar sugirió utilizar las catapultas de la fortaleza para arrojar durante varias horas grandes rocas al río y contribuir así a la estabilidad de la barrera. Tras dudarlo mucho tiempo, finalmente la ercestre decidió poner en práctica la idea del general ercestre; la idea de Phâlzigar pondría sobre aviso a la otra fortaleza y además era muy difícil de llevar a cabo. No podían arriesgarse a que aquello saliera mal, así que hizo unos cálculos rápidos sobre la cantidad necesaria de aceite, la distancia y la  profundidad a la que habría que provocar la explosión y así lo dispusieron todo.

Al amanecer, un contingente de cincuenta hombres salía de Jenmarik en dirección al bosque y, supuestamente, del río. Alertada por Daradoth, Yuria decidió no esperar más y activar todos los mecanismos. Con un enorme estruendo las rocas y los troncos se desplazaron por la ladera justo a la vez que el aceite rigeriano explotaba provocando un pequeño desprendimiento y arrancando varios árboles de raíz. Varios de los hombres más fornidos tiraron de grandes cadenas para mantener el desprendimiento bajo control, y aunque un par de ellos resultaron heridos de cierta gravedad la buena noticia es que la recién creada presa resistió el envite de la corriente y se estabilizó. El nivel del agua empezó a subir rápidamente, y entraron en juego los troncos que habían dispuesto estratégicamente en toda la extensión del bosquecillo. En poco más de una hora, la extensión del valle que dominaban las dos fortalezas gemelas se anegó tal y como había previsto Theodor Gerias. De vuelta a Svelên, los grupos de trabajo y Yuria y sus compañeros fueron recibidos con vítores y cantos de guerra. Los paladines de Emmán se habían desprendido de sus ropas de soldado y mostraban orgullosos sus níveas túnicas, rezando cánticos que hacían rugir los corazones de los allí reunidos. Por otra parte, los ingenieros que se habían encargado de la construcción de los grandes trabuquetes al sur habían tenido un gran éxito, pues cinco de los seis proyectos habían sido llevados a cabo con éxito. Ya no había vuelta atrás; Svelên y sus aliados tendrían que resistir hasta que pudieran volver con refuerzos que inclinaran la balanza definitivamente a su favor.

viernes, 23 de febrero de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 6

De vuelta a Svelên
La posición del general Gerias no varió un ápice durante el largo tiempo que estuvieron discutiendo su curso de acción. No dio su brazo a torcer, e instó al grupo repetidas veces a darse cuenta de que la protección de los secretos ercestres debía ser su máxima prioridad si no querían verse rodeados de enemigos sobre los que no tendrían ninguna ventaja.

La conversación se extendió durante horas, hasta que Yuria, muy solemne, alegó que había dado su palabra de honor al capitán Phâlzigar de que volvería con ayuda. A partir de ese momento la actitud de lord Theodor se suavizó. Donde la lógica, la razón y la persuasión no habían tenido ningún efecto, la simple exposición de la fidelidad a la palabra dada por Yuria obró el milagro.

 —Nada más lejos de mi intención que una buena ercestre falte a la palabra dada —dijo el general, con una expresión de satisfacción en su rostro.

Los dos grupos se separaron sin más discusiones, y sobre todo, para alivio de los compañeros de Yuria, sin rencores ni reproches. Al menos cada cual partiría a su destino respectivo sin la enemistad del otro.

Sin embargo, más tarde, Yuria tendría nuevos argumentos para exponer ante su compatriota: llevar a los paladines hasta Svelên no debería llevarles más de dos semanas, y el balandro del que disponían era una embarcación más rápida que cualquiera de la que pudiera disponer el general Gerias. Así que se reunió de nuevo con este en su habitación, alegando que si viajaba con ellos en el balandro después de dejar a los paladines en Svelên, recuperaría el tiempo y con toda seguridad incluso ganaría algunos días. Daradoth, de acuerdo con Faewald en acudir a Rheynaldhabía expresado su desacuerdo en acompañar a lord Theodor a Tarkal, alegando que deberían encargarse antes de la Daga Negra que se encontraba en posesión de la reina Armen de Esthalia, pero se plegó a la decisión de la mayoría.

Cuando Yuria ya prácticamente había convencido al general para que viajara con ellos en el Raudo, alguien llamó violentamente a la puerta. La guardia de la ciudad pedía paso, buscando al "ex-general Gerias". Con gestos y susurros, acordaron el curso de acción: el general se escondió detrás de la puerta mientras Yuria la abría y ponía toda su capacidad de mentir para afirmar que allí "no había ningún general" y sólo estaban ella y su marido. En ese momento, llegó Deir'a'Dekkan, el guardaespaldas de lord Theodor; su físico impresionante intimidó a ojos vista a los dos hombres armados que habían llamado a la puerta. Al adastrita no le costó darse cuenta de la argucia de Yuria, y fingió ser su marido malhumorado. Afortunadamente, los guardias se tragaron la historia y consiguieron salir discretamente de la posada acompañados por el general.

Decidieron pasar la noche en el barco para evitar más problemas, y al ver la calidad de la nave, el general se acabó de convencer de que sería buena idea viajar con el grupo.

El día siguiente partieron pronto hacia Emmolnir con los barcos capitaneados por Varidhos. Allí se organizó todo rápidamente para que, cuando llegaran al día siguiente los barcos que faltaban, el contingente partiera sin dilación hacia la Región del Pacto. Cuando atracaron y pusieron pie en tierra, alguien entregó a Galad una carta de su amigo, el hermano Davinios. En la carta, este instaba a Galad a reunirse con él tan pronto como pudiera en la casa de lady Ergwyn en la ciudad de Margen, en Esthalia.

Tras cargar los suministros, partieron sin más dilación. El viaje les llevó un par de días más de lo esperado; el invierno estaba cerca, y los vientos no fueron tan favorables como en el viaje que les había llevado a Emmolnir. Yuria seguía practicando el cántico y el minorio para poder descifrar algún día el diario del alquimista; Daradoth entrenaba como podía con Taheem en el arte de la esgrima; Faewald no paraba de rezongar, echando de menos su tierra; Galad rezaba, encomendando a Emmán su alma y la de todos aquellos nobles guerreros que le acompañaban; y Symeon aprovechaba las noches para pulir sus habilidades en el Mundo Onírico. Una de las noches fue más allá, y consiguió acceder por fin a la Dimensión de los Sueños, donde millones de esferas de colores variantes flotaban a su alrededor: los sueños de los habitantes de todo el mundo. Como puro ejercicio, intentó encontrar el sueño de su compañera Yuria, sin éxito. Pero Symeon era obstinado, y la noche siguiente no solo consiguió entrar en la Dimensión de los Sueños, sino que con gran esfuerzo, consiguió identificar también el sueño de Yuria. Una esfera de color verdoso a través de la que se veía una escena marina, un barco de guerra atravesando con dificultad una tormenta. Symeon estuvo tentado de intentar entrar al sueño, pero sabía que era algo complicado en grado sumo y además muy peligroso, así que se dio por satisfecho con su recién descubierta habilidad y volvió a su sueño normal.

Aun con las dificultades climáticas, consiguieron llegar a la Región del Pacto en un tiempo más que razonable. En Phazannâth les recibió con los brazos abiertos el capitán Anithôr, que saludó a los nuevos miembros del grupo afablemente. Les comentó que había conseguido hacer llegar a Svelên un centenar de hombres que ahora se encontraban dispuestos a defender el paso del valle, y que las tropas (que habían conseguido en un tiempo récord) eran más que bienvenidas. Todo se llevó a cabo con mucha discreción para evitar posibles informantes de los Terrenales; todos los paladines fueron vestidos con ropas de soldado para evitar su identificación. Al principio, algunos fueron reacios a quitarse sus túnicas, que lucían orgullosamente, pero no tuvieron más remedio que obedecer las órdenes que se les dieron. Yuria, acompañada de lord Theodor, fue a hablar con el maestro herrero, que no había tenido éxito intentando plasmar las ideas de la ercestre (acerca de un escorpión rotatorio dentro de una esfera de metal que pudiera girar en tres dimensiones) en una máquina funcional. Yuria le dio instrucciones para corregir los diseños y conseguir llevar a cabo la construcción, ante la mirada cada vez más valorativa del general, que se convenció definitivamente de la valía de la mujer.

En pocas horas remontaron el río hasta Lagarren, donde tuvieron que desembarcar finalmente. El comodoro Varidhos se despidió con un sentido apretón de manos, y Galad le dio instrucciones para dirigirse a Emmolnir a prestar sus servicios: gente de valía como él siempre era bienvenida.

Emprendieron el camino hacia el valle de Irpah bordeando el río. A sugerencia de Symeon, Daradoth se adelantó al contingente, viajando varios kilómetros en avanzada. Gracias a esto, pudo descubrir a tiempo que en los alrededores de la ciudad de Ystragen, la última antes de llegar al valle, se había levantado un campamento militar sobre el que ondeaba el estandarte del general Imradûn, el comandante de la Región. Por su tamaño, debía de albergar unos seiscientos soldados. Gracias a la velocidad del elfo, la compañía procedente de Emmolnir pudo esquivar sin mayores problemas al contingente páctiro: amparados por la lluvia, atravesaron el río por la noche con la ayuda de un balsero y viajaron por la otra ribera hasta encontrarse a una distancia prudencial; entonces utilizaron un vado y reanudaron su marcha normal.

El viaje les estaba llevando más tiempo del que habían previsto, y todos miraban de reojo atentos a las reacciones de lord Theodor. Pero para su sorpresa, el general se mostraba bastante tranquilo: su descubrimiento de las aptitudes de Yuria había relajado su actitud, aunque evidentemente seguía nervioso, pues con cada segundo que pasaba los secretos ercestres seguían expuestos al enemigo.

Por fin llegaron a la vista de las ciudadelas gemelas. Nârik y Bannâth, los hombres del capitán Phâlzigar, se adelantaron para anunciar su llegada, y al poco tiempo el contingente de paladines, aprovechando la noche y los bosques, llegaba discretamente al interior de Svelên. Allí, Phâlzigar les expresó su infinita gratitud por haberse mantenido fieles a su palabra y haber sido tan veloces trayendo ayuda; sin embargo, albergaba ciertas dudas sobre si el número de refuerzos (400 soldados) sería suficiente para defender el paso del valle. Evidentemente, era ignorante al hecho de que contaba con varias docenas de paladines entre ellos, y así se lo hizo saber Galad. Como el capitán siguió sin parecer demasiado convencido, Galad insistió en que noventa efectivos entre paladines e iniciados eran una fuerza muy superior a su número, y para demostrarlo, la mañana siguiente intentarían llevar a cabo una demostración si uno de los gigantescos Corvax que últimamente siempre sobrevolaban el valle se acercaba lo suficiente.

Después de descansar escasas horas, el grupo subió a una torre para ver el entorno y hacer unos croquis para preparar la defensa. Entre lord Theodor, Stophan y Yuria, consumados tácticos militares, desarrollaron un plan para la defensa. Decidieron que lo más importante era dificultar el paso del contingente vestalense, así que no vieron otra opción que anegar el valle. Yuria pasó la jornada diseñando un sistema a base de grandes troncos y rocas que serviría para tal propósito, y que activarían una vez que el general Imradûn hubiera llegado y, como era previsible, su contingente se hubiese alojado en Jenmarik. Pusieron sin tardanza a una gran cantidad de soldadesca y auxiliares a trabajar en el proyecto, al abrigo del bosque y la noche. También decidieron construir una línea de armas de asedio disimuladas en los bosquecillos de más al norte para poner aún más presión en las filas enemigas, equipadas con proyectiles untados en aceite rigeriano, un tipo de aceite explosivo que los químicos ercestres habían inventado hacía algún tiempo. Los componentes del aceite rigeriano no eran fáciles de encontrar, pero por alguna razón no fueron difíciles de encontrar suficientes para producir unos diez litros en Ystragen y Lagarren, así que todo iba a pedir de boca (lord Theodor concedió un margen de varios días, impresionado por su compatriota).

El otro problema que tendrían que afrontar como discutieron reunidos en consejo, serían los corvax y sus jinetes. Pero Galad los tranquilizó a tal respecto, haciendo referencia a lo que, con suerte, podrían ver en pocas horas.

Galad escogió con ayuda de Orestios a los siete paladines más poderosos del contingente y a tres  de los iniciados, y ascendieron a la torre más alta de la ciudadela para reunirse allí con el resto del grupo, y el capitán. Los guardias fueron desalojados en previsión de posibles filtraciones. Daradoth y Yuria con ayuda de la lente ercestre no tardaron en avistar a uno de los grandes pájaros a una distancia considerable. La mujer cedió la lente a Galad para que pudiera ver a gran distancia a su objetivo y hacer lo que tuviera que hacer. Los paladines y los iniciados se dispusieron en un rudimentario círculo, y sus rostros dejaron entrever su concentración; todos rezaban con un quedo murmullo. A todos los presentes les pareció que sonaban en la lejanía ligeras campanillas, seguramente un efecto del poder de Emmán canalizado a través de sus fieles. Habían transcurrido poco más de dos horas cuando el corvax se acercó a una distancia muy considerable de la fortaleza pero a juicio de Galad, al alcance  de su poder. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Los paladines refulgieron con un brillo plateado que ascendió en un haz hacia el cielo, y las campanillas que los presentes escuchaban al límite de su audición devinieron potentes trompetas celestiales; todos sintieron un impacto sordo de puro poder. Y el segundo siguiente, nada. Los paladines se tambalearon, agotados a ojos vista; a lo lejos, un punto se desprendió del enorme pájaro y cayó a plomo al suelo. A los pocos segundos, el ave realizaba varias piruetas y se desprendía del resto de sus jinetes, alejándose hacia el horizonte.

Todos los presentes se miraron con cara de estupefacción, pero no tardaron en reaccionar. Phâlzigar mostró vehementemente su satisfacción y volvió a dar las gracias de nuevo al grupo por haberle proporcionado tan excelentes recursos. Galad expresó su preocupación por si sus enemigos habrían detectado de alguna manera el poder desatado y habían perdido el factor sorpresa, pero con suerte no habría sido así, pues todo había sucedido muy rápido. Esperaba que todo pareciera un accidente.

Un grupo de exploradores no tardó en encontrar los cuerpos de los jinetes del corvax, confirmando la eficiencia de las habilidades de los paladines, para satisfacción de todos los presentes.

La tercera jornada llegó el contingente del general Imradûn, que se reunió en el centro del valle con los dos capitanes, Phâlzigar e Inilêth. Todos dejaron salir un suspiro de alivio cuando el general partió junto con la capitana de Jenmarik para alojar sus tropas allí. Al volver a Svelên, Phâlzigar les contó que el general había llamado su atención por las "obras que se estaban llevando a cabo en el río", y parecía haber creído que estaban construyendo un canal para abastecerse más fácilmente de agua; pero no se fiaba, y deberían proceder con el plan lo antes posible. Afortunadamente, parecía que no había reparado en la media docena de catapultas que estaban construyendo en los bosquecillos del norte...


jueves, 8 de febrero de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 5

Aucte. Lord Theodor Gerias
Durante un descanso, Orestios y Galad aprovecharon para mantener una conversación sobre los viejos tiempos y los amigos comunes. Galad se interesó, como siempre que volvía a Emmolnir, por el estado de su viejo amigo de la infancia Davinios. Orestios le contó que en los últimos meses, Davinios había optado por una ausencia prolongada de la Torre por su desacuerdo en ciertas políticas que se estaban adoptando; como muy bien sabía Galad, su descontento había empezado con la masacre de los kathnitas hacía ya varios años, y había seguido aumentando con cada conflicto —religioso o no— en el que los paladines de Emmán se habían embarcado. Además, desde hacía pocos meses se venía produciendo otro hecho que había incrementado el malestar de Davinios y de algunos otros paladines, entre ellos el propio Orestios: dos de los Pastores de Emmán (la "policía" de los paladines), el hermano Ragnur y la hermana Elyse, afirmaban que su dios les hablaba en sueños prácticamente todas las noches. Según ellos, Emmán se mostraba descontento con la actitud de sus hijos más fieles; las huestes de Emmolnir deberían mostrarse mucho más activas en su expansión, multiplicar su número de forma mucho más rápida y recurrir a cualquier medio a su disposición para difundir Su Palabra y hacerla suprema en toda Aredia. Esta narración hizo rebullir de preocupación a Galad.

El puerto de Aucte

Después de comentar por encima las diferentes corrientes de opinión que se estaban desarrollando en la torre y cómo podía ello afectar al desempeño de las tareas realmente importantes de los paladines, Orestios dio a entender que Davinios estaba creando su propia facción en las filas de los paladines. No estaba seguro de hasta qué punto Emmolnir se acercaba a un cisma, o si el Círculo Interno pondría solución a la división interna, pero intentaría mantener a Galad informado de la situación en la medida en que le fuera posible. Ambos se santiguaron pidiendo fuerzas a Emmán, y a continuación Orestios anunció con una sonrisa que se había ofrecido voluntario para acompañar al contingente de paladines a luchar contra los invasores vestalenses a la Región del Pacto, con la esperanza de poder combatir de nuevo codo a codo con Galad; este hizo un gesto de asentimiento, agradeciendo en silencio las palabras de su amigo.

Poco después el grupo se reunía con el Gran Maestre Wentar y con el Consejo de Emmolnir. El Gran Maestre anunció su intención de poner a Galad al frente del contingente que habían solicitado como comandante, aunque este expresó sus reservas a tal nombramiento al albergar dudas sobre si podría acompañar a las tropas durante todo su viaje (tenían más misivas que entregar y más ayuda que recabar). Ante esa afirmación, el Consejo planteó la posibilidad de que las cartas fueran entregadas por otras personas mientras Galad guiaba a las tropas a la victoria en nombre de Emmán. El grupo se planteó la separación, aunque era demasiado pronto para tomar una decisión; lo evaluarían llegado el momento. Trataron varios temas y finalmente el Gran Maestre lacró una carta de poderes con la que se permitía a Galad negociar el transporte de las tropas en nombre de la Torre Emmolnir.

Yuria planteó la posibilidad de no viajar a Aucte para negociar el transporte, dado su estatus de exiliada, pero se juzgó que era imprescindible su conocimiento del ejército y de la sociedad ercestre para poder llevar a cabo la negociación con éxito.

Salieron de madrugada hacia donde había quedado atracado el Raudo, el balandro del Pacto de los Seis que les había traído a Emmolnir. A bordo del navío llegaron al amanecer al puerto de Aucte. Una ciudad ni demasiado grande ni demasiado pequeña despertaba en esos momentos. Un pequeño risco sobre el que se alzaba una fortificación separaba claramente el puerto civil del puerto militar. Atracaron en uno de los muelles libres del puerto civil. El puerto estaba dominado por un edificio de estilo típicamente ercestre, que no era sino la sede de la Compañía de Comercio de Doedia, la compañía que tenía prácticamente el monopolio del comercio marítimo ercestre y de las misiones de su flota civil. Según les explicó Yuria, la Compañía de Comercio, o, como se conocía a sus miembros más vulgarmente, "los cocodo" habían llegado a acumular un poder que no debía ser despreciado; se encargaban de casi todos los contratos de construcción de navíos del país (de hecho, mientras se acercaban al puerto habían visto cómo en el dique seco de la parte militar se estaba construyendo un nuevo galeón) y tenían incluso una flota privada de naves militares. De momento no habían planteado ningún problema a Ercestria, pero ya en los tiempos en los que Yuria había detentado su puesto de oficial se habían alzado voces que avisaban de los posibles peligros que los cocodo podían suponer para la corona en el futuro.

Se dirigieron a la posada que se encontraba cerca del lugar donde habían atracado, la única visible en aquella parte de la ciudad, ansiosos por tomar algo que les calentara el cuerpo. Daradoth se tapó con su capucha, se cubrió con abundante ropa y fingió encontrarse lesionado y enfermo para evitar levantar sospechas acerca de su raza. Symeon no llegó a tal extremo pero también adoptó una actitud discreta. El salón-taberna se encontraba bastante en calma, dada la temprana hora. Pero ya había un buen fuego en el hogar que reconfortó al instante al grupo, y una muchacha joven los atendió muy amablemente y les puso unos tazones de caldo que devoraron. Alrededor, varias mesas estaban ocupadas. Tres de ellas estaban ocupadas claramente por armadores dedicados a sus diversos quehaceres; todos ellos lucían la torques que los identificaba como miembros de la Compañía de Comercio de Doedia. Uno de ellos, un hombre alto y recio, había estado departiendo con media docena de capitanes y ya solo contaba con la presencia de uno de ellos. Galad y Yuria se acercaron a negociar con él. Maese Esteren resultó ser un súbdito ercestre que albergaba profundos prejuicios contra la orden de paladines de Emmán, así que la negociación no llegó a una conclusión satisfactoria.

Pero mientras se encontraban negociando con Esteren, Yuria se quedó helada a ojos vista. En una mesa al fondo, había reconocido a un hombre que la miraba valorativamente mientras se mesaba una elegante perilla. Aquel hombre era sin duda lord Theodor Gerias, general de los ejércitos del Arven (la frontera occidental de Ercestria) y quien había expuesto el turbio pasado de la mujer ante el Consejo Militar que la exilió. ¿Qué hacía allí, tan lejos de su cuartel general? Y sin duda la había reconocido; la desesperación comenzó a hacer mella en la ercestre, pero Galad la ayudó a recomponerse con un gesto cómplice.

Dejaron a Esteren de forma brusca y volvieron a la mesa con sus compañeros. Apenas dio tiempo a Yuria de explicar la situación a los demás porque en pocos momentos una mujer se acercaba a ella y le decía con poco más que un susurro que "su señor" la invitaba a un trago, si tenía a bien acompañarla. La antigua militar se reunió en la mesa del fondo con el regio y maduro hombre y sus dos acompañantes; efectivamente, se trataba de lord Theodor, que la saludó y le presentó a su sobrina Saeria (la mujer que se había acercado a invitarla) y a Deir'a'Dekkan, un adastrita con varias cicatrices que lucía un tatuaje de un ave en la mitad de su rostro y que tenía una mirada torva y peligrosa. Poco después se incorporaba a la conversación Stophan Vardas, el hombre de confianza del general. Contra todo pronóstico, este se mostró muy amable y se interesó por las causas de la presencia de Yuria en Aucte y por sus experiencias en los últimos meses. Ella no quería bajo ninguna circunstancia irritar al general, pues en cualquier momento podía denunciarla a los guardias que habían entrado en el salón y se encontraban tomando cerveza caliente en la barra. Así que le hizo un resumen de sus pasadas peripecias y de las razones que la habían traído de nuevo hasta Ercestria.

Los ojos de Yuria dejaron ver su sorpresa cuando lord Theodor le reveló que ya no era ni general ni lord. La invitó a subir a su habitación para poder hablar más discretamente, y así lo hicieron. El antiguo general relató cómo su hijo Alexandras había traicionado al reino filtrando secretos para algún agente externo desconocido. Y no sólo eso, sino que el maldito había huido del reino llevándose consigo una compañía entera de soldados, algunos de ellos equipados con armas de última tecnología; y no solo eso, sino que al mismo tiempo habián desaparecido (posiblemente secuestrados) dos de los científicos más brillantes de Amenarven. La traición había sido de tal magnitud que el Consejo del Reino había extendido sus sospechas hasta el propio lord Theodor, y el proceso había acabado con la condena a muerte de varias personas, entre ellas el comandante de la guarnición de Udarven, a quien se había encontrado culpable de permitir el embarque de Alexandras y sus tropas. Lord Theodor habían conseguido evitar la pena capital gracias a la negociación de la duquesa lady Eleria Amernos con el propio rey Nyatar. Finalmente se decidió que Theodor podría ver su buen nombre restablecido si encontraba a su hijo y a los traidores a tiempo para evitar una filtración catastrófica. Así que formalmente, el proceso acabó con su exilio, igual que había sido el caso de Yuria meses atrás. Y sus investigaciones acerca del agente externo le habían llevado a Aucte, donde se había encontrado con un callejón sin salida en sus pesquisas.

Mientras tanto, Galad y Symeon se habían reunido en otra de las mesas con dos armadores que se encontraban repasando cuentas, maese Varidhos y maese Toravan. Varidhos resultó ser un firme simpatizante de los paladines de Emmolnir, pues en el pasado habían salvado a su hija de una muerte segura, así que la conversación fue como una seda casi desde el principio. El armador quiso serles sincero y les reveló que su carga se había podrido en las bodegas y habían tenido que deshacerse de ella, así que les hizo una oferta más que justa por prestarles sus barcos. Unas 220 monedas de oro por tres semanas de servicio y seis transportes. El grupo extendió una letra con la carta lacrada de Emmolnir y en breves momentos se había extendido y firmado el contrato, sellado con un fuerte apretón de manos.

Acto seguido Yuria y sus acompañantes bajaban de nuevo al salón y se reunían con el resto del grupo, que ratificaron la historia de los últimos meses que la ercestre había contado al antiguo general y a la que a este le costaba dar crédito. Después de las presentaciones formales y la sorpresa por descubrir la presencia de un elfo y un errante, se puso en común la información y se pasó a discutir la posibilidad de una ayuda mutua. Yuria seguía siendo una firme patriota y la traición de Alexandras iba contra todo aquello en lo que creía. Además, quizá fuera su oportunidad de restablecer su honor y quizá su puesto. Pero resultó excederse en su celo por ayudar, porque en un momento dado de la conversación no pudo sino recordar las crípticas palabras de lady Ilaith, la Princesa Comerciante, cuando se despidió de ella creyendo que era una espía ercestre: "recuerdos para lady Eleria", dijo. Y era imposible que nadie pudiera relacionar a Eleria con la red de espías si no tenía acceso a información privilegiada; además, Ilaith había afirmado que se quería rodear de las mejores mentes y personas sobre la faz de Aredia en previsión de "lo que se avecinaba". Las palabras surgían de los labios de Yuria, atropelladas, pero con sentido, casi sin pensar. Mostrándose bastante convencida, relacionó la traición de Alexandras con lady Ilaith, del Principado de Tarkal. Todos la escuchaban con atención, sobre todo lord Theodor, que tras unos segundos de silencio instó a Yuria y por extensión, al grupo completo, a acompañarle en viaje a Tarkal para comprobar si su hijo efectivamente había trabado contacto con la Princesa Ilaith. Aunque intentaron convencerlo por todos los medios posibles para que les ayudara en el conflicto de la Región del Pacto, la posición de lord Theodor fue inamovible: para él lo más urgente era que los secretos militares de Ercestria no cayeran en manos extranjeras; después de todo lo que habían invertido en evitarlo, era una vergüenza que su propio hijo fuera quien acabara con todo aquello y extraer a los dos científicos secuestrados (o acabar con ellos) era la tarea que ahora tenía la máxima prioridad.



jueves, 18 de enero de 2018

Aredia Reloaded
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Temporada 2 - Capítulo 4

Hacia Emmolnir
La reunión de Inilêth y Phâlzigar no se extendió demasiado. Acto seguido, el capitán convocó al consejo y los oficiales de la fortaleza en una reunión que resultó mucho más larga que la anterior. Transcurrido un tiempo más o menos prolongado, el grupo fue convocado a presencia del consejo de Svelên por un suboficial.

Región del Pacto


En la Sala del Consejo, el capitán y sus adláteres les invitaron a sentarse en la larga mesa para tratar temas de “la máxima urgencia”. Primero les refirió su conversación con la capitana Inilêth; la comandante de Jenmarik se había reunido con la delegación vestalense y estos habían ofrecido un pacto: garantizar la independencia de la Región a cambio del libre paso a través de sus territorios. Pero esa no era la peor parte; lo peor era que como parte del pacto habían exigido la entrega “del elfo y todos aquellos que lo acompañan en su viaje desde tierras del Imperio”. La decisión debería ser transmitida al anochecer del segundo día desde entonces en la cabecera del valle, donde el general del ejército vestalense se reuniría con ambos capitanes. Evidentemente, Phâlzigar se había visto forzado a contemporizar y no oponerse frontalmente a Inilêth para no incurrir en su ira y una posible represalia, pero tranquilizó al grupo asegurándoles que no pensaba entregarles y que disponía de los medios necesarios para sacarlos de allí sin que Inilêth lo supiera.

A continuación, el capitán y su consejo en pleno pidieron la ayuda del grupo. Evidentemente, las negociaciones de paz se iban a prolongar unos cuantos días, si no semanas, pues después de la primera reunión habría que convocar al general Imradûn para que acordara los términos del pacto, y Phâlzigar iba a hacer todo lo posible por alargar el proceso. La primera acción ya había sido tomada, que era enviar mensajeros a todos los capitanes que él consideraba leales. La segunda acción requeriría la colaboración de Daradoth y sus compañeros. El consejo de Svelên les solicitaba encarecidamente que portaran varias cartas que escribiría el propio Phâlzigar para varios destinatarios: el rey de Darsia (uno de los reinos que componía el Pacto de los Seis) y por extensión al Alto Consejo del Pacto, a los señores elfos de Doranna, al rey Rûmtor de la Corona del Erentárna, al rey Randor de Esthalia y a los paladines de la Torre Emmolnir, aprovechando la presencia de uno de ellos allí. La labor del grupo sería intentar volver con refuerzos para oponerse al ejército vestalense lo antes posible, antes de que las negociaciones hubieran finalizado; en ese momento, Phâlzigar utilizaría su influencia para convocar a los Leales y oponerse a la invasión vestalense, cuya intención era claramente atacar Doranna.

Les fue imposible negarse, por supuesto. La amenaza vestalense era algo más que un ejército terrenal, y deberían hacer todo lo posible para evitar que extendieran su esfera de influencia. Algunos de los miembros del consejo sonrieron abiertamente cuando Daradoth y Galad asintieron. Phâlzigar escribiría otra carta para el comodoro Mardabêth, a quien tendrían que encontrar en la fortaleza de Phazannâth, para que les proporcionara un barco. Y la misma carta debería llegar también a manos del capitán Anithôr para que le enviara discretamente 200 efectivos para poder defender adecuadamente Svelên llegado el caso. Quedaba a elección del grupo a dónde dirigirse primero en busca de refuerzos.

El giro inesperado de los acontecimientos requirió una nueva reunión del grupo mientras Phâlzigar redactaba y lacraba sus cartas. Decidieron que partirían hacia la Torre Emmolnir, por simples cuestiones de cercanía y de influencia. Los paladines de Emmán serían los únicos que podrían llegar a Svelên en un tiempo razonable y podrían oponer una resistencia efectiva -o eso esperaban- a los pájaros y los hechiceros vestalenses. Además, Galad creía que podría contar con una cierta ascendencia sobre ellos cuando compartiera el relato de sus peripecias en el Imperio Vestalense.

Salieron de madrugada a través de túneles escondidos en la montaña, acompañador por Narik, el senescal de Svelên, y dos soldados de confianza, Banâth y Agradân. A caballo no tardaron en llegar al pueblo de Ystragen, donde un pequeño bote los llevó a través del lago Aranth y los ríos Harvanth y Herlen hasta Villa Gaviota sin mayores complicaciones. Durante todo el viaje habían podido observar el intenso tráfico de carromatos que recorrían los caminos que bordeaban los ríos y de botes de suministros que se dirigían a las diferentes fortalezas.

En lo alto de Villa Gaviota se erigía el castillo de Phazannâth, a cuyo pie no tardaron en encontrar al comodoro Mardabêth. Este pareció profundamente honrado de conocer a Daradoth, un noble entre los elfos, y en cuanto leyó la carta de Phâlzigar se puso a su disposición; los condujo al interior del castillo, donde se podía observar cómo pululaba gente de ambas corrientes: unos con blasón en la hombrera y otros sin él. Daradoth se mostró con sus mejores galas y en todo su esplendor élfico, lo que llamó la atención de hasta el último habitante de la parte de Villa Gaviota al sur de la desembocadura del Herlen. Los niños corrían siguiendo a la comitiva gritando en su propio idioma algo que sin duda debía significar “elfo”.

El capitán Anithôr no tardó en recibirlos junto a sus oficiales en la Sala del Consejo. Con la ayuda de la traducción de Narik y de los conocimientos de anridan de Anithôr pudieron entenderse de forma aceptable. Narik alargó la carta de Phâlzigar al capitán, que permaneció con gesto serio al leerla. Cuando expuso la situación ante su consejo, su senescal pareció oponerse a debilitar Phazannâth para ayudar a una “causa perdida”. Cada uno de los presentes dio sus razones a favor o en contra del envío de refuerzos ante el rostro calmado de Anithôr, que finalmente desalojó la sala, quedándose a solas con Daradoth, Galad, Narik y su propio castellano, Barthân.

El capitán cambió el gesto adusto de su rostro por otro de una mayor preocupación, y expuso su situación a los reunidos. Enviar dos centenares de soldados a Svelên podría ser interpretado en el futuro como una traición, con lo que arriesgaba su puesto, su carrera y posiblemente su vida. Necesitaba —principalmente como un desahogo emocional— que el grupo le diera alguna garantía de que iban a volver con los refuerzos que necesitaban. El autoconvencimiento de Galad acerca de la ayuda que les prestarían los paladines les ayudó sobremanera a convencer al capitán de que los refuerzos llegarían. Este volvió a lucir su rictus inescrutable y dispuso las órdenes necesarias para que el grupo se encontrara a las pocas horas (después de descansar y asearse adecuadamente) en el balandro Raudo -su navío más rápido- tripulado por una veintena de marineros a las órdenes del capitán de navío Yozâr.

En unos pocos días atravesaban el estrecho de Tramartos esquivando la miríada de barcos pesqueros que faenaban en aquellas aguas y cruzaron al mar Armaras, donde al poco se hicieron visibles las grandes tormentas del sur, en la ruta hacia Paraíso. Yuria guiaba al piloto en busca de la ensenada que les permitiría acceder al río Ristelios para remontarlo hasta Emmolnir. Pero antes de que pudieran avistar la ensenada hizo acto de aparición un galeón de la flota ercestre. Según Yuria, más al este, en la desembocadura del río Harus, se encontraba el puerto de Aucte, cuartel general de la flota austral de Ercestria. No era una gran flota, pero los pocos barcos con que contaba eran de buena calidad; y así lo atestiguaba el galeón que se aproximaba. Yuria tuvo buen cuidado de pemanecer oculta en la bodega en todo momento, y el encuentro no revistió problemas una vez que los ercestres comprobaron que un auténtico paladín de la Torre Emmolnir viajaba a bordo. Incluso los guiaron hasta la ensenada del Ristelios. Remontaron el río hasta donde el balandro fue capaz y continuaron el viaje (sólo unos pocos kilómetros) a pie dejando al capitán Yozâr esperándolos.

Galad pudo sentir enseguida el fortalecimiento de la presencia reconfortante de su dios conforme se iban acercando a la sede de los paladines. El hermano Orestios gritó de alegría y sorpresa al reconocer a su viejo amigo de la infancia Galad, al que todos creían muerto en su misión al Imperio Vestalense. Se abrazaron, y Galad le presentó al resto del grupo, insistiendo en la urgencia que tenían por reunirse con el Gran Maestre Wentar. Entraron en la Torre, donde ya se había corrido la voz de su llegada y los novicios y los iniciados se reunieron para contemplar al grupo, curiosos por la presencia de un elfo y un errante. El hermano Averron, con quien se habían encontrado en su viaje por tierras del Imperio Vestalense, corrió al encuentro de Galad y lo saludó con efusividad, así como al resto del grupo. Era el único de los infiltrados en el Imperio que había conseguido volver a Emmolnir, del resto no se había tenido noticia hasta el día de hoy. Los condujeron a unas dependencias donde pudieron descansar y asearse, y ponerse ropas decentes por fin. Galad se enfundó en una túnica de paladín con emoción contenida, feliz de encontrarse por fin en su hogar.

Mientras el resto del grupo se aseaba, Galad se reunía con el Círculo Interno de los paladines, es decir, el Gran Maestre, el Señor de los Pastores de Emmán Spetros, y los otros cinco paladines de la Primera Orden (los paladines de Emmán se componían de órdenes: la Primera Orden era la más importante y la Cuarta la menor; informalmente se consideraba a los Iniciados la Quinta Orden y a los Novicios la Sexta). Galad pertenecía a la Tercera Orden de los paladines y era la primera vez que se encontraba ante el Círculo Interno a solas, lo que le incomodaba en cierta medida. Pero pronto se sintió más a gusto cuando narró la historia de su viaje por el Imperio Vestalense, su encuentron con el resto del grupo y su peripecia con el Ra’Akarah en Creä. Los reunidos se miraban, asombrados y a la vez emocionados, pues Galad estuvo especialmente inspirado en su narración de los hechos. Aprovechando la atención de sus superiores, les explicó también el problema metafísico que Daradoth le había explicado repetidas veces: el enfrentamiento de Luz y Sombra, la materialización de los kaloriones y las sospechas de que el ejército vestalense se encontraba dirigido por los generales de la Sombra. Daradoth y Symeon fueron convocados a presencia del círculo poco después, y corroborando las palabras de Galad, dieron una explicación mucho más profunda del conflicto entre Luz y Sombra y la existencia de otros planos de realidad como el Mundo Onírico, donde la Sombra tenía mayor libertad de acción. Les explicaron que, lo quisieran o no, todos formaban parte de un conflicto mucho mayor que lo que los ejércitos terrenales daban a entender, y aparentemente los paladines de alto rango fueron totalmente convencidos de que Emmán debía interceder a favor de la Luz sin querían que sus valores tuvieran algún porvenir en el mundo futuro. Galad aprovechó para entregar con gran ceremonia la carta del capitán Phâlzigar (redactada en ercestre gracias a la ayuda de una traductora), que lord Wentar y los demás leyeron ávidamente.

Acto seguido fue anunciado el ascenso de Galad a paladín de Segunda Orden ante la emoción del esthalio. La ceremonia fue el día siguiente a mediodía, tras una noche de vigilia en la que Galad tuvo que velar sus nuevas armas y armadura. La ceremonia fue muy emotiva, llena de oraciones y cánticos; uno de los paladines de Primera Orden relató la hazaña de Galad (y de sus compañeros) por la que se había decidido saltar los protocolos y concederle el honor de ascenderlo a la Segunda Orden, que pasaba a estar compuesta así por 24 miembros. La gente prorrumpió en hurras cuando se narró la muerte del Ra’Akarah pero mostró su preocupación cuando Daradoth y Symeon procedieron a explicar el contexto del conflicto entre Luz y Sombra y la posibilidad de que aquello no fuera más que el principio de una larga guerra. Y entonces tomó la palabra Yuria, que haciendo gala de una más que notable formación militar hiló una poderosa arenga llamando a la guerra contra la Sombra que enervó los corazones de todos los fieles de Emmán  provocó vítores y gritos de "¡Victoria!¡Victoria!¡Por Emmán, a la victoria!".

Con los ánimos mas calmados y tras cantar un Réquiem por el alma del hermano Aldur, fallecido heroicamente en tierras vestalenses, se procedió a la investidura de Galad. Se le hizo entrega formalmente de su nueva espada, colgante y sobreveste consagrados a Emmán. Vítores y cánticos que erizaban el vello se elevaron cuando se giró hacia sus hermanos y levantó su espada y su colgante con un rugido, gritando el nombre de Emmán.

Al atardecer, el grupo se reunió de nuevo con el Círculo Interno y una representación de cada una de las órdenes. Tras discutir durante un tiempo, se decidió que acudirían en ayuda de la Región del Pacto 50 paladines, 40 iniciados y 300 hijos de Emmán. El siguiente problema sería transportarlos, ante lo que Yuria mencionó la posible ayuda que les podrían proporcionar los ercestres de Aucte.

viernes, 5 de enero de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 3

Jenmarik y Svelên. Los “Terrenales”
Guiados por Symeon a través de vericuetos escarpados pudieron esquivar sin mayores problemas el asedio de Êmerik. El corazón de Daradoth rugió de rabia cuando vio que las cabezas de dos de los elfos prisioneros habían sido untadas en brea y clavadas en picas ante las puertas de la fortaleza, pero no tuvo más remedio que tragarse su orgullo y continuar su camino hacia el norte.

Pocos kilómetros después la Quebrada se abría definitivamente en el amplio Valle de Irpah, que descendía hasta unas extensas llanuras que se podían ver a lo lejos. El valle se encontraba protegido por dos fortalezas gemelas visibles en una cota más baja que la que ocupaban actualmente, a más de diez kilómetros de distancia. Más tarde se enterarían de sus nombres: la fortaleza occidental se llamaba Jenmarik y la oriental era conocida como Svelên.

Svelên, una de las fortalezas gemelas

Daradoth decidió adelantarse hacia la fortaleza que se veía a la derecha, Svelên. Un camino lo condujo a través de la vegetación y posteriormente se bifucaba, conduciendo a cada una de las fortalezas. Tras cruzarse con un par de carruajes llegó sin mayor problema a las puertas de Svelên y no tardó en ser recibido por su comandante, el capitán Phâlzigar. El elfo no hablaba lândalo, así que fue necesaria la presencia de una traductora de anridan para poder entenderse. Tras presentar sus respetos y dar la bienvenida a un representante del “Pueblo Ancestral” el capitán confirmó que habían recibido a los mensajeros de Êmerik, pero estaban esperando otro tipo de confirmación que debían proporcionarle en caso de un ataque, y esa confirmación no había sido recibida (se refería a la almenara de Êmerik, pero no quiso revelarlo a la primera de cambio). Daradoth insistió en que su presencia allí debía servir como confirmación de que efectivamente se había producido un ataque, y al parecer consiguió convencer al capitán y su consejo. Sin tardanza, el elfo partió a la cabeza de un grupo de jinetes en busca del resto de sus compañeros; no tardó en avistar unos familiares puntos en el cielo sobre el valle: los corvax habían traspasado la frontera del Imperio y se encontraban ya sobre ellos. Los ignoró y se apresuró a reunirse con sus compañeros y conducirlos al interior de la fortaleza.

Una vez en Svelên y tras haberles permitido asearse, el grupo se reunió con el capitán Phâlzigar y su consejo, compuesto por el castellano Zibar, el maestro de armas Udannâth y el senescal Nârik. Poco más pudieron hacer antes de presentarse a sí mismos (tras establecerse el vestalense como idioma más extendido allí y con la ayuda de un par de traductores) antes de que los guardias del castillo hicieran sonar sus cuernos para anunciar la visita de Inilêth, la capitana de la fortaleza de Jenmarik, convocada por el capitán Phâlzigar.

Inilêth era una mujer aguerrida y curtida por el paso de los años, y llegó acompañada de su consejo. Lo primero que llamó la atención de Yuria fueron sus uniformes. Los soldados de Svelên lucían en la pechera los seis escudos de los reinos que componían el Pacto de los Seis, y en la parte superior de su brazo el escudo del reino del que eran oriundos. Sin embargo, la comitiva que acompañaba a la capitana de Jenmarik y ella misma, no lucían ningún escudo de origen en sus hombreras. Este hecho resultaría ser de mayor importancia de lo que la ercestre había creído en un principio. El capitán presentó al grupo a los recién llegados, que fruncieron el ceño cuando reconocieron a Galad como paladín de Emmán, y no fueron todo lo respetuosos que cabría haber esperado hacia Daradoth.

Cuando relataron sus vivencias de las últimas semanas, lo primero que hizo Inilêth fue manifestar suspicacia. No alcanzaba a entender que hacía un grupo tan variopinto como aquel en el imperio vestalense, y menos en Creä cuando el Ra’Akarah era una amenaza mayor que nunca. Era, cuanto menos, extraño. Tampoco se mostró demasiado receptiva cuando pasaron a discutir la más que probable invasión que se les venía encima por parte de los vestalenses. No se mostró impresionada cuando le hablaron de los pintorescos ejércitos que habían visto y de los enormes pájaros llamados corvax; incluso se mostró algo despectiva, aunque finalmente pareció creer el relato cuando se convocó a los emisarios que habían traído las noticias de Êmerik. Sin embargo, no consiguieron un compromiso claro de la capitana en materia de defensa, y menos cuando Yuria, una supuesta experta en asuntos militares, dio el consejo de retirarse de las fortalezas y buscar un nuevo punto de defensa [pifia en organización militar]. Lo que sí quedó claro es que mientras que Svelên contaba con poco más de doscientos efectivos, Jenmarik contaba con más de 800; aunque esto llamó la atención de Yuria y los demás, prefirieron no comentarlo hasta más adelante, dada la tirantez que podía percibirse entre Phâlzigar e Inilêth. Cuando se retiraron a descansar, agotados, los dos capitanes quedaron todavía unas horas discutiendo en privado.

Fue la mañana siguiente cuando Daradoth y Galad obtuvieron explicaciones a las cuestiones sin responder. El capitán quiso mostrar así su respeto a ambos. Al parecer, la capitana Inilêth y la inmensa mayoría de su guarnición pertenecían a un movimiento nacionalista y ateo que se había dado en llamar “Los Terrenales”. Por contraposición, aquellos que no estaban de acuerdo con las ideas de los Terrenales se hacían llamar “Los Fieles”. El capitán les contó la historia: la Región del Pacto (así se llamaba la tierra donde se encontraban) nunca había sido demasiado cuidada por los gobiernos centrales de la coalición, y en los últimos decenios la cosa había ido aún a peor. Enzarzados en rencillas internas y preocupados por controlar la política del continente, la Región del Pacto había sido descuidada y ello había provocado que un antiguo movimiento, el de los Terrenales (un movimiento del que Phâlzigar no podía datar el origen, aunque se sospechaba que tenía alguna relación con la Caída de Lândalor), se hubiera popularizado en grado sumo. Los Terrenales siempre se habían caracterizado por una renuncia a los poderes divinos y a las razas míticas, a quienes se calificaba de “causantes de todo lo malo que había sucedido en el mundo”. Este movimiento de ateísimo y antimiticismo se había visto potenciado últimamente al añadírsele la idea de la independencia de la Región del Pacto. Con el paso de los años, gran parte de la población y los soldados destinados allí ya eran oriundos de la Región y se habían sumado a las filas Terrenales para conseguir la independencia de los poderes centrales, lejanos y despreocupados. Esa era la razón por la que la delegación de Inilêth no había lucido ninguna bandera en sus hombreras. La guarnición de Svelên tampoco estaba libre de miembros de los Terrenales, aunque Phâlzigar había conseguido mantener la disciplina y que lucieran los blasones.

El caso era que hacía unas semanas, el Pacto de los Seis había ordenado que las tres cuartas partes de las tropas destinadas en la Región se trasladaran al norte para hacer frente a una nueva amenaza procedente del Cónclave del Dragón. Estas amenazas no eran raras, y más o menos cada cincuenta o sesenta años se requería el traslado masivo de tropas al reino de Arlaria para tratar con ellas; pero en ninguna ocasión se habían requerido tantas tropas como esta vez, lo que era bastante alarmante, y más con la amenaza del Ra’Akarah vestalense en el sur. Según les informó el capitán, las tropas enviadas al norte habían sido constituidas sin miembros de los Terrenales. Phâlzigar tenía la sospecha de que el general Imradûn, el mando supremo de los ejércitos en la Región, había abrazado la causa Terrenal y había compuesto el ejército de refuerzo prácticamente solo con Fieles. Esa era la razón de que la guarnición de Jenmarik, que normalmente contaba con 1000 efectivos, ahora albergara 800, y que Svelên solo contara con 200. Galad y Daradoth se miraron, preocupados.

Más tarde, mientras el grupo se encontraba reunido evaluando la situación, oyeron sonar cuernos de nuevo, esta vez con un tono de alarma. Se precipitaron al exterior y subieron a la torre más cercana para ver cómo tres corvax sobrevolaban la extensión de terreno que se encontraba entre las dos fortalezas gemelas. Cuando estuvieron seguros de haber captado la atención de las guarniciones, los jinetes lanzaron varias bolas de fuego y relámpagos al bosquecillo que crecía alrededor del río, con clara intención intimidatoria. Los soldados comenzaron a murmurar y a mirarse preocupados. El capitán Phâlzigar intercambió una mirada de reconocimiento y de preocupación con Daradoth. Yuria aprovechó para presentar al comandante varios diseños que había ideado la noche anterior para fabricar escorpiones con una carcasa (una especie de esfera) que les permitiría moverse en tres dimensiones. El capitán los evaluó apreciativamente aunque sin entender nada, pero visto lo visto, puso a Yuria en contacto con el maestro carpintero para empezar a trabajar en ello lo antes posible.

A los pocos minutos hacían acto de presencia por el camino del centro del valle dos comitivas de sesenta jinetes cada una, que se dividieron para dirigirse cada una a una fortaleza. Traían la noticia de la caída de Êmerik e instaron a la guarnición a rendirse, pues no tenía ninguna oportunidad de resistir ni a su grandioso ejército ni a sus jinetes de corvax. Symeon se sorprendió cuando a través de una aspillera pudo ver cómo la fortaleza Jenmarik abría sus puertas y dejaba pasar a la comitiva a su interior. Por supuesto, Phâlzigar rechazó los términos de la rendición e instó a los vestalenses a marcharse, cosa que hicieron. Avisados por Symeon, todos, incluido el capitán, pudieron ver (muy claramente gracias a la lente de Yuria) cómo la comitiva abandonaba Jenmarik transcurrida una hora aproximadamente. Phâlzigar expresó su preocupación acerca de que los Terrenales pudieran llegar a algún tipo de acuerdo con los vestalenses a cambio de garantizar la independencia de la Región.

Preocupados por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, el grupo decidió que abandonaría Svelên cuanto antes para dirigirse hacia el norte y viajar a la Torre Emmolnir, la sede de los paladines de Emmán, preferiblemente en barco para que Symeon pudiera curar sus heridas. Faewald fue quien puso la voz discordante, insistiendo en que lo que deberían hacer era acudir o bien a lady Ilaith o bien a lady Armen, la reina de Esthalia, quien, les recordó, estaba en posesión de una de aquellas dagas negras que Daradoth llamaba kothmorui.

Mientras discutían su destino, la capitana Inilêth volvía a hacer acto de presencia ante las puertas de la fortaleza para reunirse con el capitán Phâlzigar.