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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 20 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 24

Tomaso secuestrado
Los vídeos mostraban a los asaltantes apareciendo en el hotel directamente en el segundo piso y desapareciendo también a la misma altura cuando huían. Las últimas imágenes eran de la escalera de la tercera a la segunda planta, y ya no aparecían más. El grupo dedicó la siguiente hora y media a buscar alguna prueba de por dónde habían huido sus enemigos; las salidas de emergencia estaban cerradas y no parecían forzadas, y el ascensor lo mismo. Tampoco las puertas de las habitaciones o las ventanas presentaban signos de haber sido forzadas. Finalmente desistieron y aceptaron pasar el resto de la noche en una planta diferente del hotel.

Por la mañana partieron sin dilación en tren hacia Barcelona. En la estación de la ciudad condal se dedicaron a investigar discretamente, y consiguieron el testimonio de un revisor que afirmaba haber visto hacía dos o tres días a una pareja tan pintoresca como la que Sigrid y sus compañeros describían. Pero eso fue todo; sin más pistas, se alojaron en un buen hotel y dedicaron la siguiente jornada a hacer averiguaciones en el aeropuerto, en las estaciones de tren y en la línea de ferrys. También asistieron a una conferencia que se impartía en la asociación cátara de la ciudad, ante las sospechas de Tomaso de que el secuestrador pudiera tener algo que ver con los herederos de los cátaros. Pero ninguno de sus intentos tuvo éxito. Tampoco Omega Prime pudo ayudar a averiguar en qué hotel se habían alojado.

Tras no tener éxito con las reservas de hoteles de alta calidad, Tomaso decidió como medida desesperada comenzar a llamar a todos los hostales más humildes que se encontraban cercanos a las estaciones de tren de la ciudad. Preguntaba por sus “parientes”, un hombre negro con ojeras y una joven rubia de ojos azules. Más o menos cuando ya había contactado con una docena, la voz al otro lado le respondió bruscamente: “creo que debería hablar con la policía”. Dejó de llamar a más sitios y reunió a sus compañeros; creía que habían encontrado lo que buscaban. Una breve búsqueda en los periódicos de los últimos tres días reveló que en una de las habitaciones del hostal había aparecido un cadáver que, aparentemente, se había suicidado.

En el hostal se encontraron con un chico joven que aunque no estaba muy dispuesto a hablar del incidente sí desveló algunas cosas. Entraron Patrick y Sigrid, y consiguieron averiguar que el cadáver había sido encontrado en la ducha de la habitación hacía un par de días, después de que Esther y Pierre hubieran dejado la habitación; esta todavía se encontraba precintada por la policía. Cuando Sigrid reveló que era la madre de la muchacha que se había alojado en la habitación junto al hombre negro, el recepcionista se tornó más suspicaz; le extrañaba que ella no acudiera corriendo a la policía para enterarse de todo. Ante una hostilidad cada vez mayor, decidieron marcharse; el chaval les dijo que si querían saber más, por la tarde era el turno de su padre y quizá podría decirles más cosas.

Tomaso y Jonathan tomaron el relevo de sus compañeros: fingieron estar de visita en la ciudad y alquilaron una habitación. Pasado un rato, entraron a la habitación del siniestro ignorando los precintos policiales (habían conseguido hacerse con la llave en recepción). Tomaso buscó por toda la estancia durante unos minutos, sin encontrar nada de interés; al abrir el agua caliente en el lavabo para que el vapor revelara posibles mensajes ocultos escritos en el espejo, efectivamente surgió uno, pero por desgracia había sido borrado; se apreciaban todavía algunos restos de letras, pero insuficientes para deducir nada. En ese momento, el italiano oyó un ruido fuera, como un cuerpo cayendo al suelo; a los pocos segundos, el pomo de la puerta empezó a moverse lentamente: alguien intentaba entrar discretamente. Sin apenas tiempo para pensar, Tomaso se situó tras la puerta. Esta se abrió lentamente casi en su totalidad, y durante unos segundos de gran tensión permaneció inmóvil, con alguien al otro lado. Decidió salir y atacar por sorpresa.

Se encontró frente a frente con un tipo rubio, alto y muy fuerte, que lucía varias cicatrices en rostro y manos. En una de ellas llevaba un bisturí. Tomaso dirigió un fuerte puntapié a la rodilla del tipo, que habría hecho que cualquiera se tambaleara, pero este no pareció inmutarse. Acto seguido, tocó el estómago de Tomaso con su mano. Y la agonía de este fue infinita; sabía que era imposible, pero notó cómo la mano del tipo se introducía en su cuerpo y luego un dolor indescriptible, como si le revolviera todos los órganos internos; cayó al suelo inconsciente, sólo a tiempo de ver otro hombre en el pasillo detrás del rubio que arrastraba a Jonathan hacia una habitación.

Mientras tanto, el resto del grupo se había quedado tomando algo en un bar al otro lado de la avenida. Pasados unos minutos, un taxi monovolumen aparcaba a la puerta del hostal, bloqueando la vista. Derek y Patrick se escoraron para poder tener línea de visión, y a los pocos segundos pudieron ver cómo del hostal salían tres hombres que ayudaban a moverse a otros dos que parecían borrachos o inconscientes; estos no eran otros que Tomaso y Jonathan.

Derek corrió para avisar a una patrulla de policía que había visto en una calle cercana, y Patrick se apresuró a parar otro taxi. Se inició así una breve persecución en coche y a pie mientras los policías avisaban del secuestro a las patrullas cercanas. Los secuestradores pudieron esquivar a los policías que les salieron al paso, pero tras girar un par de esquinas provocaron un fuerte accidente en una avenida, donde implicaron a cerca de una veintena de coches. Derek, Robert, Sigrid y Patrick llegaron a la escena del accidente: los coches habían invadido la acera, varias terrazas de bares habían sido arrasadas, y pudieron ver unos cuantos muertos y heridos. Entre el caos, acertaron a identificar el coche de los secuestradores, volcado en medio de la calle. De los asaltantes no había ni rastro, ni tampoco de Tomaso, pero Jonathan se encontraba allí; lo debían de haber dejado para poder huir más rápidamente. Sally y Francis se encargarían de llevar a Jonathan a un hospital mientras el resto iba en persecución de los secuestradores. Una mancha de sangre los puso sobre el rastro, que los llevó al aparcamiento de un centro comercial cercano. Bajaron por las escaleras hasta el segundo sótano, donde un fuerte acelerón los sobresaltó; corrieron hacia el sonido y llegaron a la rampa casi a la vez que un coche que transportaba a Tomaso y a los tres extraños; Derek arrojó un extintor sobre el parabrisas del vehículo, pero no tuvo éxito en detenerlo. El copiloto sacó una pistola y el grupo no tuvo más remedio que ponerse a cubierto mientras resonaban un par de disparos. Se miraron, desesperados. Al salir del centro comercial dieron parte a las patrullas de policía cercanas que se dirigían al lugar del accidente. Pero prefirieron no quedarse más tiempo del necesario, y se escabulleron enseguida.

Por suerte, Tomaso todavía llevaba encima el móvil de la CCSA. Haciendo uso de su propio móvil, Derek visualizó la señal emitida por el primero. Cogieron un taxi y la siguieron. La señal se detuvo en un lugar determinado durante unos veinte minutos, y al cabo de un rato volvió a ponerse en marcha para detenerse ya definitivamente en un lugar alejado un par de kilómetros del primero.

El último lugar resultó ser un contenedor de basura situado a las afueras de la ciudad. Allí se encontraba la chaqueta de Tomaso, manchada de sangre, con el móvil en el bolsillo interior.

Tras recuperar el móvil, se dirigieron al lugar donde se había detenido por primera vez la señal. Era un edificio de oficinas al norte de la ciudad. En el gran mostrador de recepción les aseguraron que no había entrado por allí nadie con la descripción que les proporcionaban, así que decidieron preguntar al vigilante del aparcamiento del edificio. Tras soltar un par de cientos de euros, efectivamente les confirmó que el coche que le describieron había entrado en el aparcamiento hacía aproximadamente una hora. Al preguntarle cómo habían entrado, el vigilante les contó que poco antes de su llegada había recibido una visita de un ejecutivo de Altamira Inversiones para que les franqueara el paso sin que tuvieran que detenerse.

Efectivamente, Altamira Inversiones era una de las empresas del edificio, concretamente la que ocupaba el último piso, el duodécimo. Se pusieron en contacto con Sally para que investigara todo lo que pudiera sobre ella, y en poco más de cinco minutos la periodista les devolvía la llamada: Altamira se encontraba participada por un holding de empresas cuyo principal participante era Weiss, Crane & Associates. Se miraron unos a otros, preocupados; si Tomaso se encontraba en el interior del edificio tendrían que entrar, y no iba a ser nada fácil.


Por si todo aquello no era suficiente, Sally les envió un enlace a un vídeo de Youtube. El vídeo era de una noticia emitida por la Fox, en la que se informaba de que “el grupo terrorista de hackers Omega Prime” había “atacado varios centros de datos del gobierno y de entidades financieras” con la intención de “provocar el caos, acabar con el orden establecido y con el estilo de vida americano”. A continuación, se presentaba un vídeo presuntamente grabado por Omega Prime en el que un hacker ataviado con su máscara característica reivindicaba el ataque. Por supuesto, según Sally, desde Omega Prime le habían asegurado que ellos no tenían nada que ver con aquello...

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